pounds of flesh, bile, phlegm, spit, dust
Francisco Goya, Fight with Cudgels, 1820–1823

Language: Spanish
Poet: Adalber Salas Hernández
Translator: Robin Myers

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pounds of flesh, bile, phlegm, spit, dust

These three poems come from the collection La ciencia de las despedidas (Pre-Textos, Spain, 2018), which I’ve translated as The Science of Departures. Each of the thirty-three poems in the book addresses a different kind of farewell: death, illness, dispossession, exile, oblivion, decomposition, narratives forgotten or re-written over time. Some of the texts address historical figures or even take up their voices. Other poems speak uncannily from within the body itself, whether during life or after death. Still others attend to the body in transit, confronted with the violent arbitrariness of invented borders and what they force us to abandon. Additional excerpts in English translation have appeared in Plume, The Harvard Review, The Kenyon Review, Waxwing, and AMP.

— Robin Myers

Adalber Salas Hernández was born in Caracas. A poet, essayist, and translator, he is currently pursuing a PhD at New York University. He is the author of seven collections of poetry, the most recent of which is La ciencia de las despedidas, published in 2018 by Pre-Textos (Spain). He has also published two collections of essays, as well as numerous translations from English and French. He has been a member of the editorial board for Revista POESÍA and Buenos Aires Poetry. He coordinates the collection Diablos Danzantes published by Amargord Ediciones.

Robin Myers is a Mexico City-based poet and translator. She was among the winners of the 2019 Poem in Translation Contest held by Words Without Borders and the Academy of American Poets. Recent book-length translations include The Restless Dead by Cristina Rivera Garza, Cars on Fire by Mónica Ramón Ríos, and Animals at the End of the World by Gloria Susana Esquivel. She writes a monthly column on translation for Palette Poetry

VI

(Historia natural del escombro: huesos)

Al rato los golpes dejan de doler porque
caen en el mismo lugar, uno y otro, uno
y otro, solamente suenan, pam pam pam
pam, como cuando alguien corta leña en el
bosque, alguien que uno no conoce, alguien
que no le dice su nombre a los árboles antes
de cortarlos. Pam pam pam pam: el puño en
la barriga, hundiéndose con ganas, la correa
contra la espalda, la bofetada a contramano, el
hilo de sangre caminándome sonámbulo
por la frente. A mí y a mis hermanos, casi
todos los días, cada vez que algo le molesta,
cada vez que está de mal humor. A veces saca
el revólver y dispara contra la pared, contra
el techo, para que nos callemos, para que lo
dejemos dormir en paz. Entonces salimos
al porche y jugamos con las herramientas
oxidadas, armamos muñecos con las palas
y los martillos, cazamos ratas con las hoces
porque los conejos son demasiado rápidos
y papá no nos deja probar con su pistola.
Somos ocho, nos arreglamos como podemos,
una vez hasta hicimos un trineo con una
puerta vieja. Papá nos llamó idiotas: aquí
nunca cae nieve. Cuando me aburro voy
al corral que está en el patio trasero y hablo
con los cerdos que tenemos allí. Les cuento
historias, les digo qué quiero ser cuando
crezca, cuando me vaya a vivir a la ciudad.
Papá cree que estoy loco, creo que por eso me
pega más que a mis hermanos. Pam pam pam
pam. Un día se le fue la mano y así terminé
aquí. Me caí al piso pero no lo sentí. Dejé de
respirar pero no me di cuenta sino al rato; a
veces uno pierde costumbres de toda la vida
de las maneras más raras. Tenía los ojos
cerrados y aún así sabía que papá estaba
caminando nervioso a mi alrededor. Poco
después me cargó hasta el patio y me echó
aquí, en el corral. Al rato los cerdos empezaron
a morderme. Quería decirles que pararan, pero
la verdad no me dolía. Y bueno, papá casi
nunca les da de comer. Cuando ya no quedaba
carne, se comieron también los huesos.
Dejaron algunos para que pudiera seguir
haciéndoles compañía, contándoles historias
para que no se aburran en el calor y el lodo.
Cuando uno se muere, aprende un montón
de palabras nuevas. De pronto conoce cuentos
que nunca había escuchado. Son relatos que
vienen de lejos, como el pam pam pam pam
de los golpes sobre la corteza de la piel, de muy
lejos, de lugares donde ni siquiera papá ha
estado, de gente que nadie de por aquí
ha conocido. Uno también aprende a escuchar
mejor cuando está muerto, cuando ya ni
siquiera tiene orejas. Así fue como oí cuando
papá salió en las noticias de la tele: efectivos
del departamento de policía de Kansas
City acudieron a finales del mes de noviembre
al domicilio de Michael A. Jones, de 44 años de
edad; la policía había recibido quejas
por parte de los vecinos: disparos sonaban a menudo
provenientes de la casa de Jones; al parecer, éste
golpeaba a su esposa y a sus hijos, uno de los
cuales sigue desaparecido. Al poco tiempo
llegaron varios hombres uniformados y
registraron la casa de arriba a abajo. Tardaron
en revisar el corral. No me gustó que lo hicieran,
molestaron a mis cerdos, que no tenían la culpa
de nada: chillaron cuando desenterraron mis huesos.
¿Quién les iba a contar historias ahora? ¿Quien les
iba a hablar de las cosas que nunca verían? No
se preocupen, les dije, mientras me metían en unas
bolsitas plásticas, sean pacientes, yo vuelvo pronto.

VI

(A Natural History of Debris: Bones)

The blows stop hurting because
they fall in the same place, one after another, one
after another, and only resonate, bam bam bam
bam, like someone chopping wood in the
forest, someone you don’t know, someone
who doesn’t tell the trees his name before
he fells them. Bam bam bam bam: fist to
belly, sinking in ardently, belt
against the floor, back-handed slap, thread
of blood sleepwalking down
my forehead. There we are, my siblings and I, nearly
every day, whenever something bothers him,
whenever his mood darkens. Sometimes
he takes out his revolver and shoots at the wall, at
the ceiling, so we’ll shut up, so we’ll let him
sleep in peace. Then we go out onto
the porch and play with rusty tools,
shape dolls out of shovels
and hammers, hunt rats with sickles
because the rabbits are too fast
and Dad won’t let us try it with his gun.
There are eight of us. We do what we can.
Once we even fashioned a sled out
of an old door. Dad called us idiots: here
it never snows. When I get bored, I
go to the pen in the backyard and talk
with the pigs we keep there. I tell them
stories, I tell them what I want to be
when I grow up, when I leave for the city.
Dad thinks I’m crazy; I think that’s why he
hits me more than the others. Bam bam bam
bam. One day he went too far and that’s how
I ended up here. I fell to the floor but didn’t feel it.
I stopped breathing but didn’t realize until later; sometimes
lifelong habits are broken in the strangest
ways. My eyes were shut
and even then I knew my dad was pacing
restlessly around me. Soon after
he carried me into the yard and left me
here, in the pen. The pigs began
to bite me. I wanted to tell them to stop, but
it really didn’t hurt. Besides, Dad
almost never feeds them. When all the meat
was gone, they started in on my bones.
They left a few so I could still
keep them company, telling them stories
so they wouldn’t get sick of the heat and the mud.
When you die, you learn all sorts
of new words. Suddenly you know tales
you’d never heard. The stories come from
far away, like the bam bam bam bam
of the blows on the rind of your skin, from very far
away, from places not even my dad
has been to, from people no one around
here has ever met. You also learn to listen
better when you’re dead, when you don’t
even have ears. That’s how I heard
when Dad was on the news: officers
from the Kansas City police
department appeared in late November
at the residence of Michael A. Jones, age 44.
The police had received complaints
from the neighbors: shots were often
heard on Jones’s property; it seemed
he beat his wife and children, one of whom
is missing. Soon thereafter, many
men in uniform arrived and inspected
the house from top to bottom. They were slow
to check the corral. I didn’t like what they did,
bothering my pigs, who hadn’t done anything
wrong: they squealed when the officers dug up my bones.
Who would tell them stories now? Who
would tell them about all the things they’d never see? Don’t
worry, I said, as they scooped me into
plastic bags, be patient, I’ll be back soon.

VII

(Islandia)

Me costó años descubrir que la nieve
es la forma menos amorosa del sueño.
Tardé en comprender que
detrás de su blanco sólo hay más blanco,
un hambre plana que nadie ha sabido
dibujar, una mano furtiva que hurta
transeúntes desprevenidos cuando nadie la ve.
Recibí esta nieve como quien recibe las llaves
de una casa que no ha sido construida. Y por
encima de tanta blancura atea, ese
sol sin orgullo, que no cuida de nadie.
Al menos el sol del trópico vela por la sed
que rasga la garganta, regala ese sudor metálico
que nos destiñe el nombre, que presiona
la frente con el peso de una promesa. Aquí
la palabra sol no me recuerda nada. No
lleva un ojo encandilado por dentro, un cielo
pupila cóncava. Se me escurre de la boca, se seca
incómoda en la comisura de los labios. No se arrastra
por el cielo, no me despierta golpeando su martillo claro
contra la campana de mi cráneo. Los techos pálidos,
las calles que se extienden sin saber a dónde,
el santo y seña de los guantes y los abrigos, sigo
sin dominar estas maneras. Camino con
cuidado, a la manera de quien oye voces a
medias y se confunde, creyendo que hablan
su idioma. Conmigo, siempre, este frío
como un pan sin dueño.

VII

(Iceland)

It took me years to discover that snow
is the least loving form of sleep.
I was slow to understand that
there’s just more white behind its white,
a steady hunger that no one has ever
been able to draw, a furtive hand that thieves
unsuspecting passers-by when no one’s watching.
I received this snow like someone presented with
the keys to an unbuilt house. And up above
all this atheist white is that prideless
sun, which cares for nobody.
At least the tropical sun watches over the thirst
that rasps our throats, gifts the metallic
sweat that fades our names and presses at
our foreheads with the weight of a promise. Here
the word “sun” reminds me of nothing. It doesn’t
have a dazzling eye inside it, a sky
like a concave pupil. It trickles from my mouth, dries
uncomfortably at the corners of my lips. It doesn’t
drag itself along the sky, doesn’t wake me by banging
its clear hammer against the bell of my brain. Pale roofs,
streets stretching out to who knows where,
the password of coats and gloves—I still
haven’t mastered these ways. I walk
carefully, like someone who half-hears voices and
gets confused, believing they speak
his language. It’s always with me, this cold
like no one’s bread.

XVII

Estudié la ciencia de la despedida
en los calvos lamentos de la noche.
Ossip Mandelstam

En Nataruk, al norte de Kenia, arqueólogos
hallaron los restos de 27 seres humanos
amontonados en la palma seca de lo que
solía ser un lago. La datación por radiocarbono
de conchas y sedimentos minerales permitió
estimar que los cadáveres tenían entre 9.500
y 10.500 años de antigüedad. Se trataba de
un grupo diverso: hombres y mujeres adultos
–una de ellas embarazada–, ancianos, niños.
Varios tenían las manos atadas. Todos
presentaban traumatismos graves, señales
de golpes realizados con objetos
contundentes, como mazos, así como
heridas producto de armas punzopenetrantes.
Los expertos creen que los 27 sujetos fueron
reducidos, ejecutados sistemáticamente y
lanzados al lago, donde el limo se ocupó
de conservarlos. Es así como los cuerpos
aprenden a hablar, a decir la vida sin
elocuencia, en kilos de carne, bilis,
flema y saliva, polvo y brillo inclemente.
La vida labios abiertos, dientes cariados,
osamenta de plomo. Cuero extendido
bajo la furia del mediodía, su ojo tosco y
cóncavo. Desaparición, despedida,
miembro fantasma, ciencia trunca.

XVII

I have studied the science of goodbyes,
the bare-headed laments of night.
Osip Mandelstam

In Nataruk, in northern Kenya, archaeologists
discovered the remains of 27 human beings
heaped into the dry palm of what
was once a lake. The carbon dating
of shells and mineral sediment estimated
that the bodies were between 9,500
and 10,500 years old. It was a varied
group: adult men and women
(one pregnant), elders, children.
Several had their hands still bound. All
bore marks of severe injury, signs
of blunt trauma, like club-blows, and lacerations
caused by sharp objects. Experts
believe the 27 individuals were
subdued, summarily executed, and
thrown into the lake, where the silt set out
to preserve them. This is how bodies
learn to talk, to speak life un-
eloquently, in pounds of flesh, bile,
phlegm, spit, dust, and inclement sheen.
Life with its lips parted and rotted
teeth, bones gone to lead. Hide stretched
under the midday fury, eye brusque and
hollowed out. Disappearance, goodbye,
phantom limb, science cut short.